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La historia del mes

UNA LEYENDA RECOGIDA EN EL BARRIO DE SAN DIEGO
Guillermo Noboa

“En aquellos tiempos en que las comunidades religiosas poseían grandes haciendas y se hacía visible la relajación en el clero, cerca del Convento de San Diego, existía una casita aislada.

Su dueña era una guapa bolsicona llamada Lucinda, que preparaba una chicha de jora de fama y un caldo de patas que le ponía nuevito al más viejo. Allí se reunían los quiteños que querían disfrutar de su buen humor sin recelos.

No faltaba desde luego en esas reuniones, una buena vihuela, y el canto melancólico del tradicional pasillo. Una noche, el amplio patio de la casita estaba alumbrado por algunos faroles que quemaban velas de cebo, en tanto varios señoritos bailaban y se divertían con locura. La Lucinda se había trajeado con su mayor bolsicón de bayetilla “aurora”, un elegante saco de raso rosado con largos encajes, y calzaba botas de cabritilla plomo.

En su cuello escultural, brillaban preciosas gargantillas de mullos dorados, y unas manillas del más fino coral, hermoseaban dos brazos torneados incomparables. Los cabellos tenía largos, sueltos y sedosos; los ojos con una languidez atrayente, la boca y los blanquísimos dientes, formaban una sonrisa inspiradora de afecto, y el rostro, en fin, presentaba una visión subyugante.

La Lucinda estaba hermosa como nunca, y con cierto desdeñoso donaire, tendía la mano a cuantos le solicitaban para el baile. La jarana se envolvía en una alegría cada vez mayor, y eco de las sentidas canciones, llevaba a lo lejos el vibrar de espíritus románticos y pesarosos.

Parecía que en esa apartada posada, la vida había abierto un oasís de felicidad, donde hasta la misma tristeza era una parte del placer. Sinembargo, al aproximarse la media noche, se interpuso la fatalidad y el momento menos pensado se oyeron fuertes golpes en la pequeña puerta que cerraba la casita.

La Lucinda que fue la primera en notarlo acudió presurosa a ver quién era, y con alguna zozobra preguntó: Quién es?   Por qué golpea tan duro?

Soy yo… el hermano Juan… Abre pronto! , contestó de afuera una voz jadeante.

Ah! Ya voy, dijo a su vez la muchacha.

             
Un instante después, un religioso franciscano cruzó el umbral de la puerta, arrimándose luego a la pared con el rostro extremadamente pálido, y manifestando una situación angustiosa. Un poco de agua …!, murmuró apenas. Dame un poco de agua…!

Bueno, hermanito Juanito; pero qué le pasa?, replicó la Lucinda tratando de prestarle apoyo .

Vete primero por el agua, insistió el religioso. La muchacha obedeció y entró al patio para visar a los demás el raro suceso. Se suspendió la diversión y todos acudieron en socorro del hermano Juan, muy conocido entonces por su privilegiada voz y su asombrosa habilidad para tocar la guitarra.

El religioso tomó desesperado el agua que le dio la muchacha, y cuando recobró un poco de ánimo, explicó: Me venía para acá, y me había separado unas tres cuadras del Convento de San Diego, cuando me siguió la caja ronca !! Y siento que me muero! Háganme el favor de acompañarme   al Convento! Les ruego! Quiero ver al Padre Superior enseguida!

El susto cundió entre los que escuchaban, y la Lucinda no demoró en   santiguarse devotamente. Cuando se disponían a servirle de acompañantes al religioso, se oyó en efecto un sonido funesto, y en la ladera de allí cerca donde antes había un espeso chaparral, se vio claramente una procesión de encapuchados, con hábitos vaporosos, que se esfumaban por el suelo llevando como cirios las canillas de los muertos, en tanto el que iba adelante daba golpes lentos sobre una especie de tambor, transmitiendo un sonido ronco y acompasado, que hacía terriblemente miedosa la estancia.

Misericordia! Padre Bendito!!, clamó entonces el hermano apretando la cruz de su rosario, cayendo luego desmayado en brazos de alguien que le socorrió en ese instante, mientras los demás horrorizados musitaban una oración.

Después, los aparecidos se pararon, para enseñar sus cuerpos vacíos de carnes y con unos esqueletos vacilantes cuyos huesos despendían luminosas transparencias, dejando escapar un coro de voces tremebundas que decían Hermano Juan!!! Es hora del recogimiento!!! A poco rato, la fantástica procesión desapareció, quedando en ese lugar una luz que jugaba con la obscuridad, en tanto los que habían presenciado el helante espectáculo, yacían lívidos de espanto.

Al otro día, muy por la mañana, las campanas del Conventillo de San Diego, doblaban tristemente llamando a los vecinos a misa de difuntos.

El Hermano Juan, había muerto. Y añade la leyenda, que la hermosa Lucinda se alejó de esos lugares, y prometió hacer vida de penitencia; pero desde entonces, el mechapuco asoma con frecuencia en las noches obscuras, en el sitio mismo del fúnebre acontecimiento”.

Tomado del libro:

"Tradiciones Quiteñas" Páginas de Quiteñidad, NOBOA, Guillermo,Edit,Gráficas SanPablo, Pág 138- 140, Quito.

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