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La historia del mes
CÓMO SE HACE UN QUITEÑO,
MÉTODO TENTATIVO
Alejandro Carrión
Los quiteños nacen
en Quito. No hacen otra cosa: nacen, y ya son quiteños. No les
cuesta ningún trabajo. Los que nacen fuera de Quito son
chagras. Se dividen en innumeras variedades: monos, mashcas,
morlacos, pupos…Y el convertirse en quiteño les cuesta
mucho: cuesta mil y un artificios y sin embargo, en un instante, en
un solo instante, pueden volverse cero y aparecer el chagra bajo el
cuero de oveja.
Yo vine estudiante, muy
jovencito, muy flaco, completamente inocente. Comencé mi
carrera en la ciudad vieja, única que entonces había,
buscando un cuarto en casa de familia: todas las familias tenían
en su casa un cuarto sobrante y lo arrendaban a un estudiante.
Con mil condiciones:
volver a casa a las nueve de la noche ni un segundo mas tarde, si no
se que da fuera y si golpea, me devuelve el cuarto. La luz hasta la
diez y media. El agua…bueno, si insiste en bañarse es mejor
que se vaya a los baños calientes de la Casa del Obrero y si
lo quiere aquí, en la llave de agua fría que hay en el
patio. Y nada de bulla. Y cuidado con traer amigos, así sea a
repasar y mucho menos una muchacha. Y usted mismo barre la pieza,
tiene que comprar una escoba.
Y el restorán. Los
restoranes de estudiantes, que daban de comer cosas extrañas,
nunca vistas: ocas, mellocos, suela de zapato, café de tusa.
Si un estudiante era prospero contrataba almuerzo con dos huevos; si
mediano, con uno, si pobre, sin huevo alguno. En la puerta, un chico
iba gritando a medida que los clientes entraban: “¡Un dos
huevos! ¡Un chulla huevo! ¡Un sin huevos! El hombre de
los dos huevos iba muy campante y brillaba. El chulla huevo era toda
sonrisa, amable. El sin huevos, muy agachado, diciendo que la tierra
lo trague. Y en lugar de manteca usaban sebo.
Y había que buscar
lavandera; a veces una criada de la casa se contrataba. Y quien
planche el terno. Se usaba entonces corbata, saco con chaleco,
sombrero. Y el abrigo pasaba siempre empeñado.
Lidiar a la dueña
de casa era tan grave como lidiar un toro bravo y todos los guambras
chagras éramos toreros, y de los buenos. La trampa del
arriendo comenzaba pronto. La del salón de comidas, lo mismo.
Y así se iba aprendiendo. Pronto la cosa se complicaba:
aparecía una guambra y con ella la mamá y el ñaño
y la ñaña y la prima y unas alcahueteaban y había
que llevarlas al cine y otras, envidiosas, hacían la guerra. Y
serenatas. Y planes cada vez más macabros. ¡Oh, qué
atareada vida!
Y el colegio. El viejo
Mejía, en el centro, en un antiguo convento, calle por medio
de la actual Casa de Benalcázar. Una bulla de los cien mil
diablos. Patrón Mejía metía miedo, no quedaba
foco vivo, había trompones como torres. Y las chicas, caramba,
muy contentas: tener un mejía era mejor que tener un
normalista o un caucho del San Gabriel. Era tan bueno como tener un
cadete. Estos se llevaban el cuadro por más pintones, pero eran
semanales, joya de los domingos, mientras nosotros, los mejías,
éramos pan diario y calientico.
Y así se iba
haciendo uno quiteño. La contaduría, la casa de
empeños, era nuestra segunda patria y muchos nos cambiábamos
allí el terno. Sin la contaduría la vida era
imposible. Y cuando ya no había que empeñar, se
empeñaba lo del prójimo. Y hasta de la casa, si ponían
a secar algo en el pasamano, uno podía tomarlo prestado ¡Qué
broncas!
Aventuras maravillosas:
salirse de la casa a media noche, dejando tres meses sin pagar.
Cambiarse de salón dejando dos meses fiados. Poco a poco los
barrios nos iban quedando cortos. Ya no había barrio donde aterrizar y había
calles enteras bloqueadas por los acreedores. Entonces ya íbamos
siendo quiteños. Y cuando unos conseguíamos un empleo,
ya sea de apuntadores de presos donde los chapas o de amanuenses en
el Juzgado Cantonal, ya se podía, con lo que venía de
casa, ampliar la existencia y conseguir más gente capaz de
fiarnos.
El cine era, digamos, de
precio módico: el Puerta del Sol y el Popular a cuatro reales
la luneta. El cine de gran lujo, el Edén, era carísimo:
dos sucres, películas de Greta Garbo o de Dolores del Río.
En la Plaza del Teatro, toda clase de amistades: con los chóferes,
con los mozos de limpieza del Teatro Sucre, con los limpiabotas. Y
¡claro!, la posibilidad de entrar de pavos a ver ballets,
compañías españolas o mexicanas o la Compañía
Dramática Nacional donde hacia pininos Evaristo.
Y el fútbol. Las
habilidades para colocarse sin pagar en el Estadio del Arbolito eran
múltiples y siempre exitosas y muchas veces no dejaban pasar a
los chullas sin averiguarnos si éramos quiteños o
chagras, los chagras ya estábamos completamente quiteñizados
y solo un especialista podía descubrirnos.
Y así iba la vida.
Los chagras teníamos la firme resolución de jamás
irnos de Quito, la sensación de que estábamos viviendo
en la Cara de Dios, y nos enloquecía la idea de que no
podríamos seguir yendo a Cotocollao a jugar al sapo y beber
cerveza hasta que la inteligencia se ponga clara como un sol.
El método es mucho
mas largo: esto mes solo el comienzo. Yo estoy al final: he ganado mi
quiteñidad por prescripción mayor extraordinaria –he
vivido en Quito tres veces más que en mi ciudad natal- y tengo un
título de ciudadanía firmado por el Ñato Recalde. Es
decir, un título que no admite discusión alguna.
En Quito de siempre,
Publicación del comité de Fiestas de Quito, 1989.
Tomado del Libro: Quito: tradiciones, leyendas y memorias.
De Edgar Freire Rubio,
Colección Antares
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