Educación Alternativa
Quito
Voluntariado
Contáctenos

 

 

 

Chulla quiteño (por Jose Jiménez)

 

 

 


 

 

 



La historia del mes

CÓMO SE HACE UN QUITEÑO,
MÉTODO TENTATIVO

Alejandro Carrión

Los quiteños nacen en Quito. No hacen otra cosa: nacen, y ya son quiteños. No les cuesta ningún trabajo. Los que nacen fuera de Quito son chagras. Se dividen en innumeras variedades: monos, mashcas, morlacos, pupos…Y el convertirse en quiteño les cuesta mucho: cuesta mil y un artificios y sin embargo, en un instante, en un solo instante, pueden volverse cero y aparecer el chagra bajo el cuero de oveja.

Yo vine estudiante, muy jovencito, muy flaco, completamente inocente. Comencé mi carrera en la ciudad vieja, única que entonces había, buscando un cuarto en casa de familia: todas las familias tenían en su casa un cuarto sobrante y lo arrendaban a un estudiante.

Con mil condiciones: volver a casa a las nueve de la noche ni un segundo mas tarde, si no se que da fuera y si golpea, me devuelve el cuarto. La luz hasta la diez y media. El agua…bueno, si insiste en bañarse es mejor que se vaya a los baños calientes de la Casa del Obrero y si lo quiere aquí, en la llave de agua fría que hay en el patio. Y nada de bulla. Y cuidado con traer amigos, así sea a repasar y mucho menos una muchacha. Y usted mismo barre la pieza, tiene que comprar una escoba.

Y el restorán. Los restoranes de estudiantes, que daban de comer cosas extrañas, nunca vistas: ocas, mellocos, suela de zapato, café de tusa. Si un estudiante era prospero contrataba almuerzo con dos huevos; si mediano, con uno, si pobre, sin huevo alguno. En la puerta, un chico iba gritando a medida que los clientes entraban: “¡Un dos huevos! ¡Un chulla huevo! ¡Un sin huevos! El hombre de los dos huevos iba muy campante y brillaba. El chulla huevo era toda sonrisa, amable. El sin huevos, muy agachado, diciendo que la tierra lo trague. Y en lugar de manteca usaban sebo.

Y había que buscar lavandera; a veces una criada de la casa se contrataba. Y quien planche el terno. Se usaba entonces corbata, saco con chaleco, sombrero. Y el abrigo pasaba siempre empeñado.

Lidiar a la dueña de casa era tan grave como lidiar un toro bravo y todos los guambras chagras éramos toreros, y de los buenos. La trampa del arriendo comenzaba pronto. La del salón de comidas, lo mismo. Y así se iba aprendiendo. Pronto la cosa se complicaba: aparecía una guambra y con ella la mamá y el ñaño y la ñaña y la prima y unas alcahueteaban y había que llevarlas al cine y otras, envidiosas, hacían la guerra. Y serenatas. Y planes cada vez más macabros. ¡Oh, qué atareada vida!

Y el colegio. El viejo Mejía, en el centro, en un antiguo convento, calle por medio de la actual Casa de Benalcázar. Una bulla de los cien mil diablos. Patrón Mejía metía miedo, no quedaba foco vivo, había trompones como torres. Y las chicas, caramba, muy contentas: tener un mejía era mejor que tener un normalista o un caucho del San Gabriel. Era tan bueno como tener un cadete. Estos se llevaban el cuadro por más pintones, pero eran semanales, joya de los domingos, mientras nosotros, los mejías, éramos pan diario y calientico.

Y así se iba haciendo uno quiteño. La contaduría, la casa de empeños, era nuestra segunda patria y muchos nos cambiábamos allí el terno. Sin la contaduría la vida era imposible. Y cuando ya no había que empeñar, se empeñaba lo del prójimo. Y hasta de la casa, si ponían a secar algo en el pasamano, uno podía tomarlo prestado ¡Qué broncas!

Aventuras maravillosas: salirse de la casa a media noche, dejando tres meses sin pagar. Cambiarse de salón dejando dos meses fiados. Poco a poco los barrios nos iban quedando cortos. Ya no había barrio donde aterrizar y había calles enteras bloqueadas por los acreedores. Entonces ya íbamos siendo quiteños. Y cuando unos conseguíamos un empleo, ya sea de apuntadores de presos donde los chapas o de amanuenses en el Juzgado Cantonal, ya se podía, con lo que venía de casa, ampliar la existencia y conseguir más gente capaz de fiarnos.

El cine era, digamos, de precio módico: el Puerta del Sol y el Popular a cuatro reales la luneta. El cine de gran lujo, el Edén, era carísimo: dos sucres, películas de Greta Garbo o de Dolores del Río. En la Plaza del Teatro, toda clase de amistades: con los chóferes, con los mozos de limpieza del Teatro Sucre, con los limpiabotas. Y ¡claro!, la posibilidad de entrar de pavos a ver ballets, compañías españolas o mexicanas o la Compañía Dramática Nacional donde hacia pininos Evaristo.

Y el fútbol. Las habilidades para colocarse sin pagar en el Estadio del Arbolito eran múltiples y siempre exitosas y muchas veces no dejaban pasar a los chullas sin averiguarnos si éramos quiteños o chagras, los chagras ya estábamos completamente quiteñizados y solo un especialista podía descubrirnos.

Y así iba la vida. Los chagras teníamos la firme resolución de jamás irnos de Quito, la sensación de que estábamos viviendo en la Cara de Dios, y nos enloquecía la idea de que no podríamos seguir yendo a Cotocollao a jugar al sapo y beber cerveza hasta que la inteligencia se ponga clara como un sol.

El método es mucho mas largo: esto mes solo el comienzo. Yo estoy al final: he ganado mi quiteñidad por prescripción mayor extraordinaria –he vivido en Quito tres veces más que en mi ciudad natal- y tengo un título de ciudadanía firmado por el Ñato Recalde. Es decir, un título que no admite discusión alguna.

En Quito de siempre, Publicación del comité de Fiestas de Quito, 1989.
Tomado del Libro: Quito: tradiciones, leyendas y memorias.
De Edgar Freire Rubio, Colección Antares

arriba

 

Visita nuestro blog: Rutas de Leyenda





HOTEL REAL AUDIENCIA Patrocinador de Quito Eterno
© Quito Eterno Bolivar Oe3-18 y Guayaquil, Hotel Real Audiencia· Quito - Ecuador · Telefax (593-2)228-9506 · info@quitoeterno.org

Document made with Nvu
PAGINA PRINCIPAL